Diversos autores plantearon nuevas aportaciones a la comprensión y manejo de la angustia. De esta manera, y en referencia a la angustia aniquilatoria, Melanie Klein propuso en 1932 que la misma ocurre debido a la capacidad fantasiosa destructiva del niño muy pequeño, quien una vez dirigida la destructividad al objeto la retorna sobre el Yo. Tanto ella como otros psicoanalistas de la misma escuela plantearon propuestas sobre distintos mecanismos que ayudan al niño a luchar contra las dificultades que supone una angustia temprana, intensa y de caracter aniquilatorio; así se tienen las propuestas de la tríada maníaca de Klein: negación, omnipotencia y desprecio; los mecanismos de integración y desintegración de Bion, los fenómenos de intrusión planteados por Winnicot, la teoría de la segunda piel que fue introducida por Esther Bick, las ideas desarrolladas por France Tustin sobre un fenómeno autista neurótico y la identificación adhesiva de Donald Meltzer (Lander, 2014). 

 

 

        Por su parte, Lacan, dedicó un año de su enseñanza a elaborar, una articulación tan precisa como fuera posible sobre este tema. En su Seminario 10 de 1962-63, menciona que la angustia es la puesta en acto de la castración, pero plantea que más que definirla es necesario ubicarle en su posición estructural y en sus elementos significantes. Al igual que Freud, la reconoce como un afecto, pero también establece diferenciaciones y menciona que tiene la función mínima de ser la señal de algo, pero ese algo no se trata de un peligro interno o externo, sino por el contrario de una híper-presencia del objeto (a), cuyo efecto es obturar la falta. Posteriormente, en 1975 cuando establece el Grafo Borromeo que delimita los tres registros, el Imaginario, el Simbólico y lo Real, complementa su concepción de la angustia al decir que ésta es una invasión de lo Real sobre lo Imaginario (sin palabra alguna, fuera de simbolización), y por lo tanto sus efectos se verán sobre el cuerpo y en el Yo, aceptando así esta antigua concepción de Freud (Chemana y Vandermersch, 2010; Lander, 2012, 2014). 

       Independientemente del basamento teórico, lo cierto es que ante las circunstancias de un ritmo de vida cada vez más agitado, la existencia de las frustraciones y las pérdidas que ponen en evidencia la angustia de castración, y de innumerables peligros que atentan contra el Yo y su integridad, son cada vez más frecuentes los casos de pacientes que consultan afectados por síntomas de angustia que no logran controlar: insomnio, pesadillas con un carácter manifiestamente persecutorio, síntomas como el temor a las enfermedades que en el fondo esconden una angustia tremenda que tiene mucho de aniquilatorio, además de los cada vez más frecuentes <ataques de pánico>, tan vistos actualmente también por la clínica psiquiátrica. En todos estos casos, la situación que produce la angustia sobrepasa las defensas y recursos del paciente para poder manejar un conflicto determinado y lo clave es saber cómo manejarse clínicamente y poder descubrir qué esconde la misma. 

       El abordaje de la angustia sigue siendo un reto porque para cada paciente tiene un origen y realidades diferentes, pero primero que nada, se necesitará que la persona pueda tener el suficiente estado de calma que le permita trabajar en favor de la asociación y la elaboración; ante esto resultará necesario muchas veces el uso de la catarsis como un instrumento que ayude a la liberación del malestar acumulado o de ese aumento de excitación pulsional que hablaba Freud. En ocasiones también será necesario recurrir al uso de psicofármacos como una herramienta de apoyo que permita que la persona logre tener un mínimo de tranquilidad para vivir funcionalmente y además trabajar en su propio conflicto.  

       Adicionalmente, debe considerarse que dentro del análisis de la estructura del paciente, resultará importante ubicar el tipo de angustia que presenta cada sujeto, más primitiva o más evolucionada, puesto que también dará indicadores sobre la posición que debe ocupar el terapeuta para ayudarle a sobrellevar la misma e ir con sus intervenciones o su escucha, poco a poco desentramando los síntomas que se presentan y ayudarle al alivio de los mismos a medida que se comprende qué esconde en realidad su excesivo malestar y cuál es el peligro o amenaza  de pérdida ante la cual la persona se está enfrentando de manera muchas veces desconocida.

Compárteme en:
fb-share-icon20
Tweet 20

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *