Freud (citado en Soler, 1992) plantea que la interpretación interviene en el desciframiento por la vía de la asociación libre y una interpretación que la concluye. Para Freud la interpretación no es más que el desciframiento; una traducción del pensamiento.

            Una obra bisagra en Freud de suma relevancia para el tema es la de la Interpretación de los sueños (Freud, 1900),  en el que postulaba el método del descifrado, tratando al sueño como una escritura cifrada, como un jeroglífico en el que cada signo ha de traducirse, mediante una clave, en otro significado conocido. También plantea que debe transferirse el contenido del sueño que aparece como una pictografía, al lenguaje de los pensamientos. Estos elementos orientaron a Freud a buscar con la interpretación el contenido latente a partir del contenido manifiesto.

            Tradicionalmente se define la interpretación como otorgar una significación a algo enigmático donde se descifra el pasado o, como lo hace cierta tradición analítica, se le dará significado a un síntoma. Pero, hay que tener en cuenta, que darle significado no significa disolverlo, más bien lo solidifica y se produce una identificación a este (Soler, 1992).

            Otro punto fundamental de la obra freudiana se encuentra a partir de la vivencia de la satisfacción anunciada en el “Proyecto de una psicología para neurólogos” (Freud, 1895). Aparece aquí el deseo como motor que tiende a reestablecer esta satisfacción originaria. Esto será un antecedente de lo planteado más tarde, en 1915, en “Pulsiones y destinos de pulsión”, tomando a la pulsión como una fuerza constante en busca de la meta que es la satisfacción. Establecía con esto la trascendencia de las vivencias tempranas. Además, en un tercer punto de interés, a lo largo de su obra resalta el valor destacado que da en sus ejemplos a los juegos con palabras que toma del lenguaje.

            Así se puede destacar de la obra freudiana la importancia que otorga al lenguaje en todos sus ejemplos; la importancia de las vivencias tempranas, de la sexualidad infantil, que luego desarrollará en el tema de las pulsiones parciales; y la idea sostenida que anuda la interpretación con la traducción de lo enigmático del sueño y por extensión de las manifestaciones del inconsciente (Ladaga, 2006).

            Colette Soler (1992) plantea que la interpretación Freudiana está vinculada con el descubrimiento del inconsciente a través de su asociación libre, donde Freud se dedica a descubrir el inconsciente por vía de su interpretación. Ahora bien, para que esto tome completo sentido hay que entender qué se puede tomar por inconsciente freudiano. El inconsciente freudiano es el descubierto a propósito de los sueños, de los actos fallidos, también del síntoma, se manifiesta en la presencia de un tropiezo, de un fracaso, que no tiene una estructura de permanencia, que aparece en un momento fugaz.

            Así, llegamos a que la interpretación freudiana es la de intentar hacer venir un significante, si utilizamos las palabras Lacanianas en forma de abre-bocas, un pensamiento de interpretación que intenta determinar esta incógnita. El desciframiento consiste, entonces, en traducir pensamientos, pero no únicamente pensamientos sino trabajo de pensamiento. Aquí entran en Freud dos mecanismos: la condensación y el desplazamiento, que Lacan entenderá posteriormente como metáfora y metonimia, al concebir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.

            Lacan va a concebir que interpretar no es proponer un significado, sino que “indicar” una interpretación pretende otorgar una propuesta que instaura una pregunta donde la interpretación tendrá entonces forma de enigma.

            Cuando se cuestiona sobre quién interpreta, en el caso del análisis, es casi automático que la respuesta a la pregunta sea “el analista”. Realmente, el analista no interpreta (o al menos no debería hacerlo) desde un saber que le viene dado por los textos y menos desde su experiencia personal como sujeto. Este es otro aspecto que diferencia a la psicoterapia analítica ya que en otras terapias de diversa inspiración se valora el “estilo personal” del psicoterapeuta dado que en ellas el agente de la cura es justamente el terapeuta como persona (Baldís, 2007).

            Ni el analista, ni el analizante saben exactamente lo que la asociación libre está haciéndole decir al mismo, pero el analista puede percatarse de que subrayando algún elemento del discurso del paciente éste se resignifica de un modo revelador. Por tanto, tal y como expresa Lacan en su discurso de Roma “Función y Campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, la interpretación puede reducirse a una puntuación o incluso a una simple interrupción de la sesión, articulando por vez primera la función del tiempo y el estatuto de la interpretación dejando el verdadero trabajo de la interpretación a cargo del propio analizante quien tiene que “interpretar” eso que le es devuelto de la escucha. Es por esto que en la psicoterapia analítica la interpretación se desplaza desde el analista hasta al analizante o viceversa, por tanto no reposa únicamente en aquel que dirige la cura (Baldís, 2007).

            En la formación analítica, el análisis del analista más allá de garantizar una supuesta salud mental, permite que sus cuestiones subjetivas, una vez analizadas, no interfieran en las curas que dirija pudiéndose ubicar como semblante de objeto del paciente evitando interpretar desde sus propios significantes (Baldís, 2007). Por otro lado, el adoctrinamiento, casi siempre articulado desde la sugestión va de la mano con lo que Lacan llamaba el discurso del Amo. Lacan siempre sostuvo que el discurso analítico es completamente lo opuesto a ese discurso del amo. Por tanto “la interpretación analítica” se aleja de ese carácter de adoctrinamiento.

            Lacan, en su seminario sobre los cuatro discursos, define la estructura de la interpretación como la articulación del saber en lugar de la verdad, entendiéndose “verdad” como un “lugar” y que, por supuesto, hará siempre referencia a la clínica del caso por caso.

            Los enunciados que favorecen el pasaje del saber al lugar de la verdad propia de cada analizante suelen estar entre el modelo del enigma y el de la cita.

            Colette Soler (1992) plantea que “el enigma consiste en formular una enunciación que no es de nadie y que no corresponde a ningún enunciado de saber. en otras palabras, el enigma es verdad sin saber. O, si así lo prefieren, es la verdad cuyo saber es latente o supuesto. Producir el enunciado queda a cargo del oyente”. La cita, por otra parte, es definida por Lacan como “un enunciado recogido en la trama del discurso del analizante”, ese enunciado por ser recortado se vuelve enigma.

           C.  Soler (1992) explica que la diferencia entre la cita y enigma es principalmente que por un lado el enigma es una verdad con saber latente, y por otro lado, la cita, es un saber con la verdad, o la enunciación latente. Algunas interpretaciones basculan más del lado del enigma que hay que resolver y otras son citas del propio discurso del analizante que ayudan a componer un mejor acceso al inconsciente.

            En ambos casos, la interpretación analítica no se hace en nombre de un saber petrificado, utiliza por el contrario, el equívoco, el medio-decir, el borde del sin-sentido, y por último, alude al objeto del fantasma pero sin nombrarlo directamente.

            Lacan expresa que la cualidad de las palabras de la interpretación viene de poder jugar con los equívocos de la homofonía, la gramática y la lógica.

            La homofonía viene de la ambigüedad homofónica. Lo que la ortografía fija, la homofonía lo deriva (ejemplo). Una homofonía puede tener muchos significados. La misma difracta las significaciones cual “cristal” lingüístico, e introduce a través de esta desaceleración automáticamente, una dimensión interrogativa. Desde la gramática el equívoco incluye el doble sentido, la ambigüedad. Finalmente, en cuanto al plano lógico, Soler (1992) explica: “En el plano lógico queda el equívoco de la paradoja lógica”. La paradoja se define como la aserción inverosímil o absurda que se presenta con apariencias de verdadera, ayudando a comprender así que el equívoco puede incluso romper las leyes de la lógica. la interpretación puede ser entonces una idea extraña u opuesta o incluso inverosímil, pero al suponerse verdadera, se buscará hacer una elaboración a partir de esta (Soler, 1992).

            Ante el equívoco se da una vacilación, en un tiempo de suspenso, por lo indecidido que llega a la certeza por la respuesta del sujeto, quien decide sobre el significado de las interpretaciones (Soler, 1992).

            Sin embargo, para que la interpretación opere es necesario el saber supuesto, la transferencia, y esta aparece como una condición para que la interpretación tenga un efecto. Sin embargo, dos aclaratorias son importantes: la interpretación nunca es el enunciado de un saber y esta puede presentarse como un obstáculo.

            La transferencia es necesaria para que la interpretación al menos tenga una operatividad, la transferencia aparece como una condición.

            En lo que se refiere al síntoma, la interpretación debe permitir el desciframiento del síntoma, su disolución o, como mínimo la pacificación del mismo. Si una parte del síntoma es una metáfora, una pregunta dirigida a otro, y ha de posibilitar su desvelamiento. En cuanto al fantasma, si pensamos en el fantasma fundamental de cada sujeto como una marca que sostiene su particular articulación con el objeto que causa su deseo y que organiza su vida pulsional, la interpretación no podrá aspirar a los mismos efectos de aniquilación como en el caso del síntoma. No se trata de disolver al fantasma, acto que de por sí es imposible, sino más bien trata de acompañar al analizante al atravesamiento de dicho fantasma y a fin, de que al final de la cura pueda actuar más en consonancia con el deseo que lo habita revisado al derecho y al revés. Es por esto que la interpretación en tanto al fantasma no puede mencionar al objeto ya que si lo hiciera desde una posición prepotente del analista, este lo que causaría es una unión insólita con un objeto de la demanda. Por tanto Lacan define la virtud alusiva de la interpretación que sólo indica, sugiere algo, pero no señala directamente (Baldís, 2007).

            Con respecto al analista es importante resaltar los dos extremos que de alguna forma u otra se pueden presentar en la clínica. El primero es el del analista completamente mudo, cadaverizado el cual representa el polo del declive de la interpretación. Porque si bien es cierto que un cadáver puede estar bien activo y hablar de manera bien clara, al final termina apestando. Por tanto un analista cadaverizado, en realidad, no es un analista. El segundo es el extremo del exceso interpretativo representado por el analista asfixiante que dirige la cura buscando sentidos por todas partes, no dejando nada que interpretar al analizante. Por tanto, un analista que interpreta en exceso, no es en realidad un analista (Baldís, 2007).

La interpretación analítica suele ser aquella que no se podría decir de otro modo, con otros significantes, por tanto muchas veces suelen ser muy difíciles de traducir, si no son directamente intraducibles; es homóloga con la trama inconsciente que intenta descifrar y de allí que tenga algo de la particularidad de la clínica del caso por caso, más allá o más acá de la universalidad de las estructuras. Así mismo,  La interpretación analítica no se hace en nombre de un saber petrificado, utiliza por el contrario, el equívoco, el medio-decir, el borde del sin-sentido, y por último, alude al objeto del fantasma pero sin nombrarlo directamente (Baldís, 2007).

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