Caso El hombre de las ratas, S Freud, 1908.

El hombre de las ratas quedó preso entre dos opciones que le prestó su padre, ser un gran hombre o un criminal. Por la ira que sintió contra su padre, podría haberlo matado, convirtiéndose en el criminal, o intentaría a través de todas las formaciones de sus síntomas mostrar que en realidad era un buen hombre.No sólo por amor a su padre, sino también para cumplir y saldar una deuda dejada por éste cuando era joven. Así observamos como la temporalidad juega un papel importante en la neurosis obsesiva, en donde pasado y presente se confunden y desfiguran.

Siempre que el sujeto piensa algo relacionado con su deseo, surge en él, el temor de que va a suceder algo terrible, y este algo reviste ya una indeterminación característica concomitante siempre a las manifestaciones de la neurosis.

En el caso del Hombre de Las Ratas (Freud, 1908) el temor obsesivo era, pues: «Si tengo el deseo de ver desnuda a una mujer, mi padre morirá.» El afecto penoso toma claramente un matiz inquietante y supersticioso y da ya origen a impulsos tendentes a hacer algo para alejar la desgracia, una especie de delirio o manía de contenido singular, según el cual sus padres conocían sus más íntimos pensamientos, porque él mismo los revelaba en voz alta sin darse cuenta. El sujeto entraña pensamientos de los que nada sabe.

 La neurosis obsesiva deja ver, mucho más claramente que la histeria, cómo los factores que integran las psiconeurosis no deben buscarse en la vida sexual actual, sino en la infantil.

La fuente de la cual extraía la hostilidad contra el padre su indestructibilidad se hallaba relacionada evidentemente, con deseos sensuales, para cuya satisfacción habría él de haber visto en algún modo en su padre un estorbo. Tal conflicto entre la sensualidad y el amor filial es absolutamente típico en la neurosis obsesiva.

En nuestro enamorado se libra un violento combate entre el amor y el odio, orientados ambos hacia la misma persona, y este combate queda plásticamente representado en el acto obsesivo, importante también como símbolo, de apartar del camino la piedra y anular luego aquel acto amoroso, llevando de nuevo el peligroso obstáculo al lugar que ocupaba, para que el coche de su amada tropiece en él y vuelque.

 

Tales actos obsesivos en dos tiempos, cuya primera parte es anulada por la segunda, son típicos de la neurosis obsesiva.

Es realmente más correcto hablar de un «pensamiento obsesivo» y hacer resaltar que los productos obsesivos pueden equivaler a muy diversos actos psíquicos, pudiendo ser determinados como deseos, tentaciones, impulsos, reflexiones, dudas, mandatos y prohibiciones.

 Los enfermos entrañan, en general, una tendencia a desvanecer tal determinación y a presentar como representación obsesiva el contenido despojado de su índice de afecto.

La idea obsesiva ha sido afortunadamente rechazada una primera vez y retorna luego deformada, no siendo ya reconocida y pudiendo ofrecer así mayor resistencia a la defensa. En esta perturbación la represión no se produce por medio de la amnesia, sino de la destrucción de las relaciones causales mediante la supresión de los afectos. La necesidad de la inseguridad o de la duda. La creación de la inseguridad es uno de los métodos que la neurosis emplea para extraer al enfermo de la realidad y aislarle del mundo, tendencia integrada en toda perturbación psiconeurótica.

Los enfermos realizan un esfuerzo evidente para eludir toda seguridad y poder permanecer en duda. Esta tendencia llega a exteriorizarse a veces en una antipatía a los relojes, los cuales aseguran, por lo menos, la determinación de la hora, y en hábiles manejos inconscientes encaminados a inutilizar tales instrumentos que hacen imposible la duda.

La predilección que los neuróticos obsesivos muestran por la inseguridad y la duda constituye para ellos un motivo para adherir preferentemente sus pensamientos a aquellos temas en los que la inseguridad es generalmente humana y en los que nuestros conocimientos o nuestro juicio permanecen necesariamente expuestos a la duda. Tales temas son, ante todo, la paternidad, la duración de la vida, la supervivencia en el más allá y la memoria. La neurosis obsesiva, se centra en la relación con el propio hecho de existir. Entonces las preguntas ligadas al existir, al ser y a la muerte se sitúan en forma privilegiada en el campo del obsesivo. Las siguientes preguntas se sitúan como obsesivas – ¿Qué es existir? ¿Cómo soy con respecto a lo que soy sin serlo, ya que de alguna forma puedo dispensarme de ello, distanciarme lo bastante como para concebirme como muerto?” (Lacan, 1957, 393).

 

La neurosis obsesiva utiliza ampliamente tal inseguridad de la memoria para la producción de síntomas neuróticos obsesivos, a exagerar el efecto de sus sentimientos hostiles sobre el mundo exterior, es porque gran parte del efecto psíquico interno de los mismos escapa a su conocimiento consciente.

Pero, ante todo, precisan la posibilidad de la muerte para resolver los conflictos que ellos dejan insolucionados. Su carácter esencial es el de ser incapaces de toda decisión, sobre todo en las cuestiones amorosas. Aplazan indefinidamente toda resolución y, penetrados constantemente por la duda de por qué persona o por qué medida contra una persona han de decidirse.

De este modo, en todo conflicto vital acecha la muerte de una persona importante, y casi siempre querida por ellos, sea de su padre o su madre, de un rival o de alguno de los objetos amorosos entre los que oscila su inclinación.

 

En la represión del odio infantil contra el padre hemos de ver el proceso que obligó a entrar todo el suceso ulterior en el cuadro de la neurosis.

La revisión de una serie de análisis de neuróticos obsesivos nos da la impresión de que esta relación dada en el paciente entre el amor y el odio constituye uno de los caracteres más frecuentes y manifiestos de la neurosis obsesiva y, en consecuencia, uno de los más importantes. El carácter psicológico de la neurosis obsesiva tiende típicamente a hacer el mayor uso posible del mecanismo de desplazamiento.

En consecuencia, la indecisión se extiende paulatinamente a toda la actividad del sujeto. Con ello queda instaurado el régimen de la obsesión y de la duda, tal y como se nos muestra en la vida anímica de los neuróticos obsesivos.

La duda corresponde a la percepción interna de la indecisión que se apodera del enfermo, a consecuencia de la inhibición del amor por el odio, en cuanto el mismo se propone realizar algún acto. Duda, en realidad, de su propio amor, que debía ser para él, subjetivamente, lo más seguro, y esta duda se difunde sobre todo lo demás, desplazándose preferentemente sobre lo más nimio e indiferente. Aquel que duda de su amor tiene que dudar de todo lo demás, menos importante. Es ésta la misma duda que en las medidas de protección provoca la inseguridad del sujeto y los obliga a repetirlas una y otra vez para desvanecerla, consiguiendo al fin que tales actos de defensa resulten tan irrealizables como la resolución amorosa primitivamente inhibida.

 

El neurótico obsesivo funciona con estas equivalencias, como el niño en la etapa de desarrollo correspondiente, la defecación es “un perder algo valioso”. El otro se lo pide, es una manera de pagar. El neurótico obsesivo está preocupado por su imagen, está preocupado por su desempeño. Así lo vemos ocupando el papel del que cumple. Por eso también duda porque en ese “equilibrio” no pierde nada. Y por querer todo no quiere nada “todo es posible”  “no puedo nada” cuando en realidad es: “lo quiero todo”

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