En Equilibrio y mente te presentamos el apartado del paciente anónimo.

Deja que te cuente algo

Cómo comencé a ir a análisis. 

La verdad es que mi vida no iba particularmente mal. Todo lo contrario, creo que en muchos aspectos, la vida iba bien. Es solo que, en algún punto, me sentí ajeno al camino. Me sentí dentro de unos esquemas bien establecidos, ideologías, principios, valores, puntos de vista, opiniones. De algún modo sentía que no eran míos y peor aún, toleraba poco lo que alterara este orden.

Me sentía incómodo. Era alguien incómodo. La verdad es que en el momento no lo sabía, pero me costaba enormemente conectar emocionalmente con mi entorno. 

Y aquí hay algo que trae mucha tela: cuando eres incapaz de conectar emocionalmente con el entorno, desaparece la capacidad de sentir empatía. Yo no podía ponerme en los zapatos del otro. No sabía cómo.

Y no es que era algo voluntario. Yo no decidía ser como era. Y no tienes idea de cómo, sin yo saberlo, eso me jodía.

Aquí es donde dejé de sentir, en tono de afirmación condescendiente “mi vida no va mal”. Aquí entendí que mi vida no iba. Punto. 

 

Desde entonces han pasado varios años. Aún me sigo analizando. Con sus hiatos. Así ha sido mi proceso. Ha sido un viaje intenso, he cambiado tanto como de hotel en hotel, que al escribirte esto me costó elaborar en mi primer motivo de análisis. Ese era otro tío, no yo. Quizá es allí donde está el verdadero efecto.

Pero nada en la vida es gratis, ese otro yo tuvo que romperse y reconstruirse, sólo para volverlo hacer. No te miento, no te van a gustar muchas cosas que vas a entender. Tener miedo es parte del proceso. La oferta es que los fantasmas no pueden lastimarte cuando puedes verlos.

 

Otro día te cuento de qué va esto de romperse y rehacerse. Llevémoslo con calma, que va a ser todo un viaje.

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