24-03-2025
Podemos hablar de un mercado oculto.
Vivimos en una era donde las interacciones humanas están mediadas, en gran parte, por plataformas digitales como WhatsApp, LinkedIn y otras redes sociales.
Sin embargo, más allá de sus funciones explícitas, existe un «mercado oculto» en estas interacciones que puede influir en la mente individual y colectiva de maneras profundas y, a menudo, pasar inadvertidas.
Desde el psicoanálisis, las redes sociales pueden entenderse como una extensión del «gran otro» lacaniano, un espacio donde buscamos reconocimiento y validación.
también es una vitrina en la que los individuos exhiben una versión idealizada de sí mismos, generando una competencia silenciosa por el estatus y la aprobación social.
WhatsApp, por su parte, permite una comunicación más inmediata y directa, pero también puede reforzar dinámicas de exclusión, control y dependencia emocional entre los sujetos.
El like, el visto, la confirmación de lectura, la omisión de una respuesta, la cantidad de conexiones en LinkedIn o el número de visualizaciones en una historia de Instagram
En este mercado oculto, pueden ser interpretados como signos de aceptación o rechazo, impactando la autoestima y la percepción de pertenencia de las personas, es decir, en algunos casos como si fueran objetos o propiedades de otro/a.
El concepto de «mercado oculto» no solo se refiere a las ofertas de trabajo no publicadas por las empresas, sino también de un intercambio psicológico de datos o algoritmos que se dan en las interacciones digitales con el fin de manipular la atención.
Desde la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), esta exposición continua a la comparación y evaluación externa puede ser un factor clave en la aparición de trastornos como ansiedad social o depresión.
Desde enfoques como la terapia EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares), podemos analizar cómo estas interacciones digitales pueden activar recuerdos o patrones emocionales no resueltos.
Por otro lado, la sobreexposición a dinámicas de validación externa puede reforzar creencias disfuncionales sobre el propio valor personal, haciendo que las personas dependan excesivamente del reconocimiento digital para sentirse competentes o aceptadas.
La regulación emocional en estos casos se vuelve un desafío, ya que las redes sociales ofrecen una gratificación inmediata que refuerza estos patrones.
Si bien las redes sociales y herramientas de mensajería instantánea han revolucionado la comunicación, también han generado un ecosistema donde las interacciones están mediadas por un mercado simbólico que influye en la percepción del yo y en las relaciones interpersonales.
Un uso consciente de estas plataformas requiere el desarrollo de habilidades emocionales y digitales que nos permita diferenciar entre la validación auténtica y la ilusoria, así como aprender a regular las emociones generadas en estos espacios.
Ayudando a las personas a identificar y modificar creencias disfuncionales y a desarrollar estrategias para interactuar con estas plataformas sin comprometer su bienestar emocional.
Al final, la clave está en recordar que, aunque estos espacios son parte de la vida moderna, no definen nuestro “yo”, ni nuestros valores ni como conformamos nuestras relaciones en un entorno real.