18-03-2025
El estudio del trauma complejo y la disociación ha cobrado relevancia en los últimos años, gracias a los avances en psicología y neurociencia.
En su obra No soy yo: Entendiendo el trauma complejo, el apego y la disociación, Anabel González ofrece un análisis detallado de los efectos psicológicos del trauma, enfatizando la relación entre apego, disociación e identidad fragmentada.
Este artículo explora los principales conceptos del libro y los complementa con investigaciones adicionales, proporcionando una visión integral de esta problemática.
A diferencia del trastorno de estrés postraumático (TEPT), que surge de eventos aislados y de alto impacto, el trauma complejo se origina en experiencias prolongadas de abuso, negligencia o maltrato, generalmente en la infancia.
Aunque no podemos olvidar que el trauma puede aparecer en nuestra vida en edades adultas, Todos sumamos traumas.
Según González, las consecuencias de este tipo de trauma son más profundas, afectando la identidad, la regulación emocional y la percepción del mundo.
El trauma complejo puede tener múltiples etiologías, que incluyen:
Mientras que este último está relacionado con eventos traumáticos singulares, el TEPT complejo involucra una dinámica de trauma continuado, que altera la personalidad y dificulta la construcción de vínculos seguros (Herman, 1992).
Uno de los efectos más significativos del trauma complejo es la disociación, un mecanismo de defensa que permite a la mente «desconectarse» de experiencias intolerables.
González explica que la disociación puede manifestarse de diversas maneras:
lagunas de memoria, desconexión emocional, sensación de irrealidad e incluso la percepción de partes escindidas de la propia identidad (González, 2021).
El concepto de «disociación estructural de la personalidad» desarrollado por Onno van der Hart, Ellert Nijenhuis y Kathy Steele en El yo atormentado (2006) amplía esta comprensión.
Estos autores argumentan que la personalidad puede fragmentarse en distintas partes con funciones específicas: algunas orientadas a la vida cotidiana y otras atrapadas en la experiencia traumática, lo que genera un conflicto interno constante (Van der Hart et al., 2006).
No debemos olvidar que ya Janet y Freud ofrecieron una primera visión de este tipo de disociación.
Se ha observado que el grado de disociación puede variar dependiendo de la severidad del trauma y la capacidad de regulación emocional del individuo.
En los casos más extremos, como el Trastorno de Identidad Disociativo (TID), pueden coexistir múltiples estados de conciencia con memorias y patrones de conducta diferenciados.