En 1893, Freud señala que no se puede tomar al cuerpo sólo como un orden natural, sino que también se encuentra atravesado por incidencias de la cultura y más específicamente por el lenguaje. Antes del nacimiento del sujeto, el Otro monta una escena donde el infante va a advenir. Nos ubicamos ante una escena simbólica, en donde existe algo que abre un lugar de circulación para alguien que habrá de advenir. El infante nace en una red de significantes que lo acomodarán en la cultura. El significante que recibe al infante es el significante del deseo del Otro, y quien pone en juego los significantes que promueven el deseo. El lugar del Otro es ocupado en un primer momento por la madre, lugar de despliegue de la palabra. Es desde el lugar del Otro que el sujeto desea, de esta manera tenemos un cuerpo sexuado; capaz de desear y ser deseado.

Para obtener un cuerpo sexuado con su funcionalidad, dependerá de la incidencia del significante sobre el cuerpo sede del goce.

La marca del significante, su huella en el cuerpo dará la posibilidad al sujeto a la significancia: esto es la entrada del significante en el ideal. Así también es importante hacer referencia.

Hablar de significante es hablar de inconsciente. El inconsciente produce efectos ligados al cuerpo. Cuando existe un sentido de las cosas, el cuerpo se ubica en el medio. El sentido que se le da a algo, implica también el cuerpo que cada cual tiene. He allí que se encuentra el cuerpo, en la lectura de un texto, en el conocimiento, en la comprensión de lo escrito. En la comprensión es donde está el cuerpo.

El conocimiento se da a través del cuerpo, el conocimiento de la orientación del sujeto también implica la imagen corporal. El conocimiento es producir un sentido a través de la imagen del cuerpo. Sólo se llega al conocimiento a través del cuerpo, a través de la imagen corporal se definen superficies y cortes.

El cuerpo se juega de manera singular en la toxicomanía, el consumo de tóxicos por parte del sujeto no se revela como una estructura clínica propiamente dicha. El hecho de ser toxicómano implica un deslinde de la pregunta por el ser.

La droga viene a ocupar el lugar del objeto que permitiría una vía de acceso privilegiada e inmediata hacia el goce así como un modo de impugnar al Otro. La droga llega a ser ese objeto de una necesidad imperiosa.

La satisfacción no acepta ni postergación ni sustitución del objeto.

La droga carece de valor fálico, y por el contrario es el sustituto de la misma sexualidad. La droga se encuentra relacionada con el autoerotismo.

El sujeto se conecta a una instancia que lo conecta directamente al goce, además que no pasa por el forzamiento del cuerpo del otro. Hablamos, de esta manera, del sustituto de la sexualidad.

La droga llega a enmascarar o sustituir el deseo de carácter inconsciente. Al suceder esto el deseo queda  aún más desconocido que nunca detrás del sujeto de la droga. Existe el goce o existe la nada. La necesidad es absoluta.

La droga llega a ser la pareja que sucede al divorcio del sujeto con el orden fálico, con la introducción de la falta: “No hay otra definición de la droga que ésta: es lo que permite romper el casamiento con el pipí” (Lacan).

El toxicómano se muestra como una máquina sin deseos, así como la negativa del fantasma de la castración a través de la negación del falo.

En el discurso del toxicómano es recurrente encontrar que el tóxico parece prestar un cuerpo, por lo que su ausencia evoca una forma de mutilación. Así, en el discurso sobre la abstinencia gira en torno a la referencia de la falta que se vuelve en la figura de una lesión.

La abstinencia de la droga pone en juego la investidura de las zonas corporales. Formación que se impone como tal.

La toxicomanía es una formación que no posee la consistencia del fantasma.

El inconsciente proviene de la lógica, del significante. Sin embargo, no existe significado si el significante no se engancha con un cuerpo de goce.

“…existe otro tipo de goce que no pasa por el cuerpo del otro sino por el propio cuerpo que se inscribe bajo la rúbrica del autoerotismo. Digamos que es un goce único, que rechaza al Otro, que rehúsa que el goce del cuerpo propio sea metaforizado por el goce del cuerpo del Otro – y que queda en la historia, ligado a la figura de Diógenes – que opera ese cortocircuito llevado a cabo en el acto de la masturbación …” (Millar, I.A).

Millar, en éste párrafo señala claramente la negación a la castración.

La operación del tóxico representa la restauración de un objeto. El consumo de esta forma, se coloca como la respuesta a una falta del cuerpo, una falta de elaboración del cuerpo pulsional, relacionadas a una insuficiencia simbólica.

 

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