En la toxicomanía el cuerpo no encuentra cortes, sino una misma superficie continua.

Dentro del efecto producido por el tóxico, el cuerpo ya no se encuentra oculto por las representaciones. Así, se le devuelve al cuerpo esa forma de mutilación que provoca la abstinencia a través de la experiencia alucinatoria ofrecida por el tóxico. La vivencia gestada por el tóxico provoca la segregación del Otro. Este rechazo que se pone en juego en la operación toxicómana, muestra un goce que no está fracturado. Lo que se devela en esta experiencia es un goce a – sexual.

En la medida en que el cuerpo pretende aprehenderse en una constante circularidad, cual si fuera una banda de Moebius, resulta anulado corte alguno que permitiera la aparición del sujeto.

La actividad que produce el tóxico muestra el surgimiento de un nuevo cuerpo dentro de la experiencia alucinatoria.

“Nada del cuerpo se pierde ni se elabora simbólicamente cuando se lo concibe en el orden de una suplementariedad real. Más precisamente, la operación del farmakon engendra la figura de un “exceso” de cuerpo o de una creación alucinatoria. ” (Le Puolichet, Sylvie).

El cuerpo que se encuentra atrapado en el montaje de la toxicomanía; esto es, en la modificación espacio – temporal en la cual se concibe, sufre una deconstruccion del espacio especular. Por lo que se encuentran también modificadas las coyunturas de continuidad y de discontinuidad.

Recordemos que el cuerpo sólo puede ser aprehensible en la experiencia de la imagen espectacular, esto es, en la exterior del mismo cuerpo o bajo la forma invertida.

El efecto del tóxico se presenta enigmático e impredecible, ya que pone en juego una forma de destitución de la subjetividad. El goce del toxicómano interroga al cuerpo y por ende a la teoría psicoanalítica.

La toxicomanía realiza una manera de desaparición del deseo, desde el momento en que el cuerpo ya no es confeccionado dentro de la articulación de la cadena de los significantes.

 

Queda dicho hasta el momento que el goce del cuerpo se estructura como síntoma. Al toxicómano le gustaría ser amo. La toxicomanía comienza con la idea central de poder entrar y salir del goce a placer.

A pesar de la multiplicidad de toxicómanos, lo colectivo en relación con el goce producido por una sustancia, no puede tener efecto sino de segregación. Entendemos a la segregación como un efecto estructural del lazo colectivo.

La segregación se encuentra operando sobre rasgos diferenciales con una lógica. La primera lógica funda la colectividad y la segunda es la exclusión.

De este mismo modo la exclusión se puede ubicar en lo erótico cuando existe una separación considerable; o bien, por otra parte se sitúa en lo xeno cuando se encuentra dentro de una misma colectividad. El sujeto toxicómano, corre el riesgo de no ser semejante: “soy drogadicto”, es una forma de consentir una manera de segregación.

El rechazo del Otro se encuentra en la operación del toxicómano; es decir, la ruptura con el Otro. La operación del sujeto de la adicción no se sitúa frente a la encrucijada de lo sexual, sino con un goce. Elección en contra de la castración, contra la división estructural del sujeto.

“Yo soy adicto” supone un goce. Esto no proviene de otro significante. Sino de la segregación del Otro que viene a hacer ruptura a la economía subjetiva. El toxicómano es sujeto de la a-dicción.

El saber del toxicómano no es un saber que podamos ubicar como supuesto, sino que es un saber que tiene que ver con el “hacer” para poder alcanzar el goce.

El sujeto de la adicción no cree en el Otro. El toxicómano solo quiere un goce y eso es todo. Es decir, quiere el goce imposible de Uno.

El goce de Uno se opone al goce fálico. El goce fálico se sitúa fuera del cuerpo. El toxicómano llega identificar su goce: Uno con el Otro.

El sujeto de la toxicomanía encuentra un cortocircuito que interrumpe la relación con el Otro, con el fantasma y el con goce fálico. El goce del tóxico se extrae del cuerpo, es la invención del goce en el propio cuerpo por otra vía que no es la del fantasma.

“El cuerpo en esta sin-adicción es asiento de un goce sin sujeto, fuera del discurso, rechazante del vinculo social ” (Braunstein, N. “Goce”).

La deuda que el toxicómano paga, se subsidia por ese cuerpo que se entrega.

Se goza, no se desea, se impugna al falo y pretensiones unificadoras; salirse del juego del sujeto: esto es llegar a vivir en una perfecta relación del alcohólico con su botella, del drogadito con su droga. Relación envidiable de amor que no acepta traiciones ni reclamos, esto es, que no conoce las fallas.

La toxicomanía es un rechazo del edicto pronunciado por el Otro, y lo realiza a través de apartarse mediante lo instrumental, por lo cual existe la pretensión de desviación de la palabra del Otro, se es sujeto, pero de la adicción.

Otra forma de impugnar al Otro, a su demanda, a la conciliación de los deseos, es una operación que se puede realizar a través del acto suicida. Esto es el modo más radical de cerrar las puertas al Otro.

El acto del suicida lleva en sí una impugnación hacia el Otro y su goce. Al borrar la vida del cuerpo es al Otro a quien se quiere tachar. El suicida mata.

La posición del toxicómano se encuentra bajo el mismo precepto. En el adicto existe una separación concebida como una operación opuesta a la alineación del sujeto. Aparece, entonces, una divergencia, y es precisamente que en el suicidio tenemos un cuerpo sin vida mientras que el sujeto de la toxicomanía muestra un cuerpo en la miseria.

Es esta una lectura de cómo se juega el cuerpo en la toxicomanía, dentro de las singularidades del goce. Sólo a un cuerpo palpitante le es permitido gozar.

Compárteme en:
fb-share-icon20
Tweet 20

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *