¿Has pensado alguna vez en el número  de emociones que tenemos los seres humanos?, ¿Te has planteado si todos los seres s del planeta tenemos las mismas emociones ?, ¿Una sonrisa significa lo mismo en los 5 continentes?…

Estas son algunas cuestiones que desde Aristóteles se vienen estudiando. A lo largo de los Siglos se han establecido diferentes teorías sobre el número de emociones, cuales son y cómo se exteriorizan. Lo que sí parece que queda más claro es que las emociones vienen reguladas por el contexto en el que el ser humano se inserta, y es el ambiente donde vive, el que premiará o no el que determinadas emociones se manifiesten, generando así una futura repetición de las mismas o por el contrario una inhibición. La cultura, el grupo social y la educación recibida determinarán qué emociones serán validadas a la hora de mostrarlas y cuáles no.

Los seres humanos aprendemos en función de las consecuencias que la conducta que emitimos tiene sobre nosotros. La probabilidad  de una nueva aparición futura del mismo comportamiento será elevada si ha tenido consecuencias positivas. Por ejemplo, si ante la mirada de un adulto, un niño sonríe y éste le devuelve una sonrisa junto con un gesto de cariño en la mejilla, que resulta agradable para el niño, será mucho más probable que el infante vuelva a sonreír en un futuro cuando haya un adulto cerca. Por el contrario, si un niño se cae cuando está montando en bici,  y comienza a llorar, si recibe una reprimenda por parte de un adulto, junto con un comentario del tipo “llorar es de cobardes”, la conducta de llorar tendrá una menor probabilidad de repetirse en un futuro, quedando así inhibida. Bhurrus F. Skinner (1904-1990) fue un psicólogo conductista estadounidense que estudió el aprendizaje humano observable, llevando a cabo investigaciones sobre el condicionamiento operante.

Podemos pensar en la época de nuestros abuelos, a quienes se les educaba con la frase “los niños no lloran”, o comentarios como “llorar es de niñas”, y como ellos, años o décadas más tarde no mostraban sentimientos mediante el llanto. Si pensamos en nuestra propia experiencia a lo largo de la vida, y analizamos como reacciones ante determinadas situaciones, podemos encontrar correspondencias con el tipo de educación recibida y el contexto donde hemos crecido, así como el tipo de cultura y religión en la que nos han educado.

En las primeras décadas del siglo XX, los trabajos de Marcel Mauss (1872-1950),  sociólogo y antropólogo francés y  Norbert Elias (1887-1990),  sociólogo alemán, fueron pioneros al proponer el estudio de la forma en que una sociedad históricamente localizada impone al individuo un uso riguroso de sus emociones, sus afectos, y su cuerpo. Mediante conceptos como hecho social total, eficacia simbólica (M. Mauss), formación social y economía psíquica (N. Elias) ambos autores revelan la correspondencia que existe entre la estructura social y la estructura emotiva e individual. La conclusión a la que llegan es que los individuos no tienen respuestas volitivas, sino que responden en base a las dependencias sociales en las cuales se encuentran. Esto nos sugiere que aunque los sentimiento forman parte del interior del sujeto, de yo más intrínseco , estos sentimientos no se harán públicamente observables si los condicionamientos sociales e históricos no los refuerzan.

 M. Mauss sugiere que de la eficacia simbólica del uso de la magia, a modo de ritual —y de los sentimientos que suscita en los individuos su creencia— depende la reproducción de las reciprocidades en la que se cementa la vida social y material de las comunidades australianas.  En 1921, en un artículo titulado “La expresión obligatoria de los sentimientos”, el autor observa que en los ritos funerarios de las sociedades australianas, las manifestaciones orales de sentimientos como el dolor, la cólera y el miedo no son respuestas naturales, sino que responden a un orden social determinado. Este estudio es pionero en señalar que las expresiones de los sentimientos no son fenómenos exclusivamente psicológicos o fisiológicos, sino fenómenos sociales “marcados preponderantemente por el signo de la no espontaneidad y la obligación más absoluta” (Mauss 1979, 147). Estudia la totalidad de la conducta social y  entiende la vida social como un mundo de relaciones simbólicas, evidencia la relación entre la objetividad de las estructuras sociales y la subjetividad de la experiencia vivida.

El estudio de N. Elias muestra la auto contención de los afectos como un aspecto fundamental de las formas de control social que sostienen la sociedad cortesana y la institución del Estado absolutista entre los siglos XVI Y XVIII en Francia y Alemania. En las primeras décadas del siglo XX, mediante trabajos de investigación empírica, ambos autores, Mauss y Elias, ofrecen presupuestos de análisis para pensar el papel que desempeñan las emociones dentro de procesos de larga duración que involucran lo social, lo psicológico, lo histórico, y lo político. Por ello, resulta valioso revisar algunas de sus observaciones con respecto al tema de los sentimientos como elementos de análisis social. su libro “El proceso de la civilización”, Elias, cuestiona los presupuestos teóricos de las ciencias humanas para los cuales los individuos existen por fuera de la sociedad. En sus palabras, “casi nunca se menciona el carácter de este muro y, desde luego, jamás se da una explicación de él. […] ¿Es el cuerpo un recipiente en cuyo interior se encuentra encerrado el auténtico yo? ¿Es la piel la línea fronteriza entre el ‘interior’ y el ‘exterior’?” (Elias 1987 [1978], 34).

Hace dos aportes a la cuestión de las emociones y los afectos: considera que la intensidad, la expresión y la función que los sentimientos cumplen en la estructura psíquica del sujeto no depende de la naturaleza humana, sino de la historia y la estructura social de sus relaciones con los otros sujetos. En sus escritos se aleja mucho de la entonces imperante idea de que los sentimientos y las emociones son invariable y consustanciales al ámbito interno y personal del individuo.

Para N. Elias , los afectos como el pudor, el temor a Dios, la culpa, el miedo a la pena, el miedo a la pérdida del prestigio social o el temor a sí mismo, no son estados internos del individuo sino respuestas psíquicas “a las coacciones que los hombres ejercen sobre los demás dentro de la interdependencia social”.

Sigmund Freud utiliza el concepto de “sentimiento inconsciente” para referirse a los destinos que el mecanismo de defensa de la represión impone. En ellos “el afecto puede perdurar total o fragmentariamente como tal; puede experimentar una transformación en otro montante de afecto (por ejemplo del miedo a la angustia), o puede ser reprimido; esto es, coartado en su desarrollo y excluido de la conciencia” (Freud 1989, 208). De acuerdo con Freud, la conquista de la civilización implica una coerción volcada hacia el interior; un esfuerzo del individuo por renunciar a sus instintos y afectos. Entran aquí los conceptos del Principio de placer, por el que el Ello tenderá a experimentar únicamente situaciones que sean apetecibles y placenteras para el ser humano, el Principio de realidad, por el que el “yo” tenderá a permitir que afloren aquellas conductas, emociones y sensaciones que vayan de acuerdo al contexto en el que se encuentra el sujeto en. base al “Super yo”, o imposición delas normas sociales que vienen de fuera y regulan lo que es más o menos correcto. El ser humano se verá obligado a regular lo que desea exteriorizar.

Cuando los seres humanos experimentamos emociones o sentimientos que exceden nuestra capacidad para procesarlas, se vivirá como un hecho “traumático” y generarán una huella mnémica,  quedando sepultadas en la memoria. El aparato psíquico podrá ejercer algún mecanismo de defensa para evitar que pasen a la parte consciente de nuestros pensamientos, como por ejemplo, reprimirlas,  y quedar así apartadas de la conciencia. A través del análisis, se podrá traer de nuevo a la conciencia esas emociones que un día quedaron apartadas de la vida consciente del sujeto , y que suponen un  gasto en la  cantidad de energía del individuo, a cambio de mantenerlas apartadas de la vida consciente. Estas acciones pueden suponer una falta de energía para otras actividades e la vida diaria, y verse afectadas por ejemplo la capacidad de concentración, la capacidad de dormir, o la incapacidad para disfrutar de una vida plena. Este trabajo permitirá afrontar estas emociones  y sentimientos desde otra perspectiva para poder así nombrarlos, interiorizarlos y evitar que nos sigan haciendo daño.

 

 

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